sábado, 2 de diciembre de 2017

TRANSITAR SIN ADIOSES

"Ya, curado de tentaciones hereditarias, sin voltear la cabeza ni mirar a los lados..."

Por:  J. A. Albertini   


                                                                                            OLVIDO

Entonces me pregunté si sería el olvido,
la primavera bajo el rayo
o la premonición de algun desastre.
+ Rina Lastres
De la obra Voces con acento


Al nacer nadie le adelantó la despedida. Desconcertado por la ordinariez, en el instante en que le cortaban la tripa umbilical y profería el primero de muchos reclamos de alarma, decidió recorrer la senda de su existencia lineal sin detenerse en los paraderos de los adioses. Sitios chupadores de energía y almacén de lágrimas rancias.
              También, en medio de las contingencias del trayecto, creyó que cabellos encanecidos, arrugas corporales, fragilidad ósea y anímica se incuban en las despedidas. Y supo por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, que la única forma de eludir las muescas del tiempo es evitando la contaminación de los adioses. Asimismo, descubrió por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, que los adioses, aliados de la efímera vida humana, son hitos que como aderezo, en su faceta de ogro, emplea el parricida Cronos.

             Tropezó, a contrapelo del propósito, en algún tramo de vía digerida, con la tramposa nostalgia. Y aunque por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida olfateó el peligro, la herencia tribal le hizo desandar un buen número de pisadas. Y aunque la vereda sabía de dónde venía y a donde iba, no delató vestigio de huellas. Sin embargo, un paisaje había engullido al otro en fotografía de colores sepia que le rogaba el autógrafo de un adiós. Pero conocedor por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, de los ardides de los adioses, echó a un lado la cartulina comprometedora y, aferrándose a un saliente de respiración, retomó la marcha en un recodo de futuro que se hizo actual, alimentado por el lapso de presente que sacrificó en la tembladera de la añoranza.
             Ya, curado de tentaciones hereditarias, sin voltear la cabeza ni mirar a los lados, se afianzó en el renglón que de existencia le restaba por agotar. Y al calor de la andadura, asimiló el engaño de lenguas y palabras. Se puso al tanto, en la soledad de su yo, por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, que entre múltiples vocablos, el adverbio de tiempo, en español, siempre, inglés, always, francés, toujors, italiano, sempre, alemán, inmer, polaco, zawsze, malayo sentiasa... con invariabilidad se acogía a la mala pasada idiomática de La Torre de Babel. Fantasía de cuerpos finitos y mentes desesperadas.
            Casi al final de la ruta, la posible realización del amor carnal y espiritual, con rostro femenino, le saltó al cuerpo. Pero sabedor, por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida que en todo disfrute se agazapa el garfio esclavizante del adiós inevitable, de un manotazo mental deshizo la incitación e imitando al Galileo, por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, afianzó los pies desnudos en las arenas calientes de la voluntad.
Y arribado al extremo opuesto de la cinta existencial, por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, se congratuló por la frescura incólume de su cuerpo, donde el ombligo aún conservaba la morbidez infantil. Y por experiencia empírica, desgraciadamente poco difundida, verificó que la brevedad de su vida feliz, alejada de la vejez, era el logro de haber esquivado el fierro candente de los adioses.
         Entonces, pletórico de dicha, volteó la cabeza para contemplar el itinerario de hazaña realizada. Pero, fallándole la experiencia empírica, desgraciadamente mal concebida, con estupor contempló que el camino pensado había desparecido en tinieblas; aniquiladoras de paraderos, casetas o estaciones de adioses.
         Confundido, bajó la mirada y comprobó que lo que le quedaba, o desde el inicio tuvo de conciencia, era el pedacito de camino inseguro en el que se paraba. Y en aquel momento que se deshacía, ya carente de experiencias empíricas, sintió el llamado, cargado de adioses anticipados, del retorno. Y aconteció que, en busca del cordón umbilical, se zambulló en la corriente acuosa de la matriz universal

Miami Dade.
Enero de 2016.

NOTA: Relato tomado de la obra Siempre en el entonces: Dos noveletas y ocho cuentos



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