"No cabe dudas que el sometimiento a las corrientes de opinión mayoritarias aunque no se compartan..."
Alfredo, soy yo, Andreína… aquí nos agarraron con Jairo…
Los amo, los amo mucho;
dile a mami que me perdone,
y a mi papá que me perdone por todo.
Los amo, Perdónenme por favor.
Lisbeth Andreina Ramírez Montilla
Por Pedro Corzo.
En estos tiempos
sobran defensores de componendas particularmente aborrecibles. Muchos
políticos e intelectuales a costa de no perder influencia o poder, procuran
evadir todo tipo de confrontación, hipotecan principios y destrozan
compromisos, coadyuvando a la desorientación de las mayorías, haciendo muy
difícil coincidir con personas que defienden sus convicciones porque cuando lo
hacen solo ganan vituperios y descalificaciones al no ser políticamente
correctos.
Son
dificultosos esos encuentros no porque falten personas con valores e
integridad, sino porque un número importante de sujetos, consciente de
que no tienen fortaleza suficiente para correr los riesgos que demandan la
defensa de sus opiniones, buscan descalificar con cualquier argumento a
los que están dispuestos a arriesgarlo todo por sus convicciones.
No cabe
dudas que el sometimiento a las corrientes de opinión mayoritarias aunque no se
compartan, otorga beneficios, solo que a la postre se están hipotecando los
derechos de actuar en base a convicciones propias y se empieza a vivir en un
entramado de mentiras y medias verdades
El sociólogo argentino José
Ingenieros a principios del pasado siglo XX consideró que había tres tipos de
hombre, uno de los cuales se ajusta perfectamente a estos tiempos en los que la
masificación y el acceso a la información generan ciudadanos desinteresados en
sucesos trascendentes y que solo muestran interés en lo superfluo.
Ingeniero definió a este hombre
que pulula hoy, a pesar de que cuenta con la posibilidad de acceder a recursos
y medios sin precedentes, "el hombre mediocre" un sujeto “incapaz de
usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el
cual luchar” lo que determina su sumisión a la rutina, a los perjuicios, hasta
convertirse en siervo de cualquier amo, puesto que su objetivo es vivir de la
mejor manera posible sin generar conflictos que pongan en riesgo su
sobrevivencia.