Mi hermano Jorge y yo éramos
estudiantes universitarios en Georgia Institute of Technology en Atlanta,
Georgia. Cuando terminó el trimestre de invierno, a mediados de marzo de 1961,
los dos regresamos a Miami y anunciamos a nuestros asombrados padres que ambos
queríamos alistarnos en lo que después se llamó la Brigada de Asalto 2506.
Deseábamos partir hacia los campamentos en Guatemala para entrenarnos como
soldados y después liberar a nuestra Patria del comunismo.
Llegué a la Base Trax en las
montañas de Guatemala, cerca de Retalhuleu, el 1 de abril de 1961. Fui asignado
al Quinto Batallón de la Brigada. El 13 de abril salimos para Puerto Cabezas,
Nicaragua y me embarqué en el Houston,
un buque tipo “Liberty”. Nuestro buque fue hundido por un cohete de un Sea Fury
enemigo. Una semana después sin agua y comida fui capturado prisionero.
Dos muy crueles e inhumanos años de
prisión brutal fue nuestra suerte. Estuvimos en prisiones superpobladas. Al
principio estuvimos en el Palacio de los Deportes, seguido por el Hospital
Naval donde en los dos lugares dormíamos en el suelo. El 7 de julio nos
pusieron a todos en la prisión del Castillo del Príncipe. La mayoría dormíamos
en el suelo, apretados unos a otros, con poca comida y bebiendo agua
contaminada con ratones muertos. Yo contraje disentería, hepatitis y
enfermedades de la piel.
El 29 de marzo de 1962, después de estar preso por
un año, nos llevaron a un juicio a los 1,179 brigadistas que concluyó el 1 de
abril y el 7 de abril nos sentenciaron a 30 años de cárcel con trabajo forzado
o el pago de un rescate. Los tres líderes de la
Brigada, Manuel Artime, José Pérez San Román y Erneido Oliva, fueron valorados
en $500,000 cada uno. A los oficiales de
la Brigada y los que habíamos sido ricos nos valoraron en $100,000, a los que
ellos llamaron clase media valían $50,000 y a los obreros $25,000. Mi hermano y
yo caímos en el grupo de los $100,000 y éramos 214 prisioneros. El monto
total de todos los prisioneros de guerra era $62, 500,000. Cuando nos
impusieron la sentencia pensé que tendría que servir los 30 años de prisión ya que
mi padre era pobre al habérsele sido confiscadas todas sus propiedades.
El Presidio
Modelo en Isla de Pinos
Sin haberme curado de hepatitis me trasladaron
junto con mi hermano a la Prisión Modelo de Isla de Pinos. En esta prisión las
condiciones de vida y la comida fueron aún mucho peores. Nos pusieron, violando todos los
artículos del trato de prisioneros de guerra de la Convención de Ginebra, en un
pequeño cuarto llamado el Pabellón Dos, el cual tenía capacidad para 40
personas. Estábamos 214 prisioneros en ese pequeño cuarto del grupo de $100,000
de rescate. El resto de la brigada continuó en el Castillo del Príncipe.
Cuando nos acostábamos a dormir en el piso raso de
ese pequeño cuarto sin almohadas, colchones, sábanas o frazadas parecíamos
sardinas en lata ya que no había un metro cuadrado de espacio libre. Allí
vivimos como animales durante siete meses, los peores de mi vida. Durante ese
tiempo estuvimos aislados por completo sin cartas ni visitas de familiares que
nos traían pequeñas jabas con comida.
Los mosquitos nos picaban de día y de noche y el calor
era insoportable en el verano. En el invierno nos moríamos de frío. Existían
dos inodoros y dos duchas que echaban agua solamente por unos minutos al día.
Cuando íbamos a usar el inodoro teníamos que hacer una larga fila de espera.
Cuando nos abrían el agua de las dos duchas todos corríamos a mojarnos pero 2/3
no llegábamos a tiempo ya que nos cortaban el agua para impedir que todos
pudiéramos bañarnos.
A pesar que había un patio interior al aire libre,
nunca se nos permitió usarlo. No teníamos lo más esencial para una vida
civilizada, como papel higiénico, pasta dental o jabón, y por supuesto no
teníamos atención médica o dental ni medicinas. Ocasionalmente algún brigadista
que no podía aguantar más esta vida tan inhumana se dirigía a la puerta de entrada
y agarrando los barrotes gritaba insultos a Fidel Castro y pedía que lo
mataran. Otros brigadistas trataban de calmarlo.
La comida que nos servían era tan asquerosa que yo
simplemente no podía tragarla, a pesar del hambre que sentía 24 horas al día. Las
borras de café con agua sucia que servían de desayuno venían en un tanque sucio
con los macarrones de días anteriores pegados a los lados. La falta de higiene
era espantosa. Frecuentemente le echaban a la comida una sustancia que nosotros
llamábamos Jalapa que provocaba diarrea instantánea a los 214 prisioneros. Por
la falta de higiene todos sufríamos de parásitos intestinales y estábamos
cubierto de hongos y otras enfermedades de la piel por diferente partes del
cuerpo, especialmente en las partes genitales.
Varias veces nos despertaban por la madrugada y
nos obligaban a desnudarnos y pararnos contra la pared con las piernas
abiertas. Estas inspecciones se llamaban requisas. Los guardias nos decían
cosas obscenas y algunos brigadistas que protestaban recibían golpes y
bayonetazos. De noche en las celdas de castigo cerca de donde yo dormía oíamos los
gritos de otros presos políticos que recibían palizas y les echaban agua fría
toda la noche. Frecuentemente nos despertaban tiros de ametralladoras.
Estábamos conscientes que podíamos ser fusilados
en cualquier momento. También sufrimos mucho porque pensábamos que nos
pudriríamos en la prisión. De haber sabido que estaríamos dos años presos nos
hubiéramos sentido mejor. No hay nada peor que la incertidumbre en que nos
encontrábamos.
Las condiciones inhumanas e inaguantables que
sufríamos los brigadistas y los 5,000 prisioneros políticos encarcelados en las
cinco circulares provocaron que todos nos declaráramos en huelga de hambre en
septiembre de 1962. Entonces nos cortaron el agua inmediatamente. Después de
tres días tuvimos que suspender la huelga debido al número de brigadistas y
otros prisioneros que estaban inconscientes o a punto de morir. En el mundo
libre nadie se enteró que más de 5,000 prisioneros no ingirieron ni agua ni
comida durante tres días.
Durante la Crisis de los Cohetes de octubre de
1962, donde los Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron a punto de una
guerra nuclear, nos informaron que habían puesto dinamita en la base de nuestro
edificio. Nos dijeron que cuando los norteamericanos invadieran a Cuba nos
volarían y a los que sobreviviéramos la explosión nos ametrallarían. A pesar de
esta amenaza todos regábamos a Dios que los estadounidenses invadieran y
liberaran a Cuba del comunismo brutal.
Durante la prisión en el Castillo del Príncipe y
en Isla de Pinos recibí clases de religión del padre Tomás Macho y de
contabilidad y matemáticas. Años más tarde el padre Macho me casó con mi esposa
Haydée. José Andreu me dio clases de francés y alemán y de historia universal.
Para olvidarme de donde estaba al principio me pasaba casi todo el día y la
noche leyendo libros, pero las páginas de los libros las usamos de papel
higiénico hasta que se acabaron los libros. Todas las noches rezábamos un rosario
y la oración de los casos desesperados al apóstol San Judas Tadeo. Nuestras
oraciones fueron escuchadas por Dios Nuestro Señor.
La liberación
Un día nos informaron que todos seríamos liberados
al día siguiente. Extrañamente todo el mundo permaneció en silencio como si no
hubiéramos oído o entendido lo que nos habían informado. Increíblemente el
gobierno de los Estados Unidos pagó el rescate con dinero, comida de niños y
medicinas de todos los brigadistas presos, excepto por un pequeño grupo de
nueve brigadistas que fueron acusados de otros crímenes y tuvieron que
permanecer en prisión algunos hasta casi 30 años.
La salida de Isla de Pinos nunca se me olvidará.
Cuando nos montaron en camiones para llevarnos a la base aérea de San Antonio
de los Baños los 5,000 prisioneros de las cinco circulares nos despedían a
gritos y ondeaban trapos desde los barrotes. Me sentí muy mal al dejarlos
atrás. Mi hermano y yo, junto al abogado James Donovan, los funcionarios de
inmigración y miembros del Comité de Familiares salimos en el último avión que
llegó a la base aérea de Homestead el 25 de diciembre de 1962 a las 11 de la
noche.
Nos dieron un uniforme de la fuerza aérea
estadounidense y nos transportaron al auditorio Dinner Key donde ansiosamente
nos esperaban nuestros familiares. Había perdido 60 libras de peso en la
prisión y pesaba 120 libras al abrazar a mis padres y a mi hermana Normita. No
sentí emoción al verlos ya que para sobrevivir la dura prisión me había
endurecido internamente. Me llevó muchos años recuperarme de los maltratos,
vejaciones y torturas de las inhumanas prisiones de Cuba. Desde que alcancé la
libertad he sufrido de insomnio. Siempre he sentido gran admiración de presos
políticos que sufrieron largas condenas de 20 y 30 años y al fin pudieron ser
libres.
El 29 de diciembre de 1962 el presidente John F.
Kennedy, quien fue el mayor responsable por la negligencia criminal de
lanzarnos a pelear sin apoyo naval y aéreo, se reunió con los miembros de la
Brigada de Asalto 2506 en el Orange Bowl de Miami. A pesar de eso lo
aplaudimos. Cuando le dimos la bandera de la brigada, el presidente nos
prometió que nos la devolvería en una Habana libre. Su esposa Jacqueline
Kennedy nos habló en español y nos dijo que ella “quería que cuando su hijo
creciera fuera la mitad de lo valiente de lo que nosotros habíamos sido”.
Foto donde aparecen de izquierda a derecha Erneido Oliva, Segundo al
Mando de la Brigada 2506; José Pérez San Román, Comandante en Jefe de la
Brigada 2506; Manuel Artime, enlace del Consejo Revolucionario Cubano a la
brigada; y José Miró Cardona, presidente del Consejo Revolucionario Cubano
saludando al presidente John F. Kennedy y a la Primera Dama a su llegada al
Orange Bowl el 29 de diciembre de 1962. Tristemente, San Román se suicidó en Miami
a los 58 años de edad.
El 29 de diciembre de 1962 el presidente
John F. Kennedy, quien fue el mayor responsable por la negligencia criminal de
lanzarnos a pelear sin apoyo naval y aéreo, se reunió con los miembros de la
Brigada de Asalto 2506 en el Orange Bowl de Miami. A pesar de eso lo
aplaudimos. Cuando le dimos la bandera de la brigada, el presidente nos
prometió que nos la devolvería en una Habana libre. Su esposa Jacqueline
Kennedy nos habló en español y nos dijo que ella “quería que cuando su hijo creciera
fuera la mitad de lo valiente de lo que nosotros habíamos sido”.
Desgraciadamente la bandera de la brigada se
encuentra en nuestro museo de Miami y Cuba no es libre. Los brigadistas que
todavía vivimos, algunos en sillas de rueda, con andadores y bastones y con
muchos años, continuamos luchando para que algún día nuestra Patria sea libre y
soberana. Sé que algún día la patria de José Martí alcanzará su libertad.
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