En su flamante
editorial del viernes 14 el diario NYT afirma que de los actos terroristas que
perpetren las FARC en el futuro “Uribe sería a quien tendríamos que culpar”, en
ningún caso al secretariado ni tanto menos a sus anfitriones comunistas
cubanos.
Esta escandalosa
transferencia de responsabilidad, equivalente a la inimputabilidad de las FARC
por actos propios, es el corolario necesario de una actitud que ha recorrido
todo este tortuoso proceso de negociaciones, que consiste en ignorar que el
conflicto es producto exclusivo de la voluntad de unos actores concretos que
han decidido realizar sus ambiciones políticas mediante la táctica de “la lucha
armada”.
Si las FARC decidieran deponer las armas e incorporarse a la
política legal, como hizo el Partido Comunista de Venezuela en los años 70, se
acaba el conflicto; el problema es que para hacerlo le imponen a la sociedad
colombiana unas condiciones que son un vil chantaje, además de ser inviables
política, jurídica y económicamente.
Si esto lo sabe cualquier desprevenido lector de periódicos, con
tanta más razón los que hacen el periódico, por lo que este desplante del NYT
no puede ser producto sino de una combinación de administrada ignorancia,
interesada propaganda e imperial soberbia.
A que “Uribe haya surgido como el mayor obstáculo para negociar
el fin del conflicto” se une la admonición “no es demasiado tarde para empezar
a comportarse como un hombre de Estado y no como un aguafiestas”. Esta
oposición entre “hombre de Estado” y “aguafiestas” sí que es un aporte original
del NYT que al menos nos da una medida de la seriedad con que se toman las
tragedias latinoamericanas, con ron y coca cola.
Muchos votantes colombianos rechazaron el Acuerdo “bajo la influencia
de una campaña excesiva y engañosa dirigida por Uribe”, un mundo al revés donde
quienes votaron SI no estuvieron bajo nada parecido de parte de JMS; pero
“también aseguró, sin prueba alguna, que el Acuerdo afectaría al sector
privado”. Si bien lo que está a la vista no necesita prueba, baste observar que
la única diferencia entre el Acuerdo y lo que pasa en Venezuela es que allá
escribieron lo que aquí improvisaron en el camino.
Dejemos atrás la Reforma Rural Integral y veamos la Jurisdicción
Especial para la Paz, porque es falso que la “justicia restaurativa” sea única
en el mundo, si hace lustros que opera aquí aunque mejor sería llamarla
“justicia retaliativa”, resumida en politización de la justicia y
judicialización de la política.
La todopoderosa Comisión de Funcionamiento y Reestructuración
del Sistema Judicial ignoró a los jueces de carrera designando otros sin
estabilidad en los cargos, proscribió hasta la idea misma de objetividad e
imparcialidad funcionarial a favor de una burocracia partisana, abolió todos
los principios de Derecho junto a las garantías legales y el debido proceso,
reabrió juicios con sentencias definitivamente firmes y causas ya prescritas;
en fin, la justicia transicional es de transición al comunismo, para fusilar
contrarrevolucionarios, aquí “la extrema derecha apátrida”, escuálidos y
fascistas, allá “enemigos de la paz” y “sucesores del paramilitarismo”.
Esta posición del NYT tampoco es nueva en absoluto. En su
Editorial del 11 de octubre de 2014 exhortando a la administración Obama a
sacar al régimen de Castro de la lista de Estados que apoyan al terrorismo dice
que “Cuba fue incluida en 1982 por su apoyo a movimientos rebeldes en América
Latina, aunque ese tipo de vínculos ya no existen”. Increíble, pero, ¿cuáles serán
las pruebas en que basa su afirmación tan categórica?
La única cosa útil de estos editoriales del NYT es que ponen de
relieve la gravitación de grandes poderes mundiales en las cuestiones más
apremiantes de nuestra vida cotidiana, como la ONU con sus diversas oficinas,
comisiones y comités, las emisoras rojas como CNN, BBC, que dictan la agenda
mundial que puede resumirse en: ideología de género, multiculturalismo,
ecologismo y alguien podría agregar “pacifismo”.
Ningún comunista cultural dirá que alguien se opone al Acuerdo
sino que está “en contra de la paz”, un slogan de propaganda barata que les
transmite a sus camaradas la firme disposición a mentir cuando así lo exija la
línea del partido.
Sufrimos esa especie de blitzkrieg bien definida como “un proceso
rápido y eficaz”, del tipo “Acuerdo Ya”, que atropella los acontecimientos en
olas que no dan tiempo de asimilar una cuando ya otra cae encima y cuando se
reacciona ya todo está consumado, superado por un asunto más urgente y así: es
una táctica mediática tomada del asalto militar típico del nacionalsocialismo,
ahora adoptado por el socialismo internacional.
Pero después que pasan su aplanadora, algo queda en el fondo
echando raíces y a veces los grandes medios se llevan las grandes sorpresas,
cuando emerge lo que llamamos corrientes profundas, los fenómenos telúricos,
que ellos creen, precisamente, enterrados.
Hace muchos años que Venezuela le está diciendo que NO a Castro
y sus amigos en el continente, incluyendo al NYT, pero ponen todo el empeño en
ignorar y apabullar.
Así que lo que ocurra será por sorpresa, como el NO de Colombia.
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