martes, 14 de noviembre de 2017

MIGUEL DE CERVANTES Y GRANADA

"Cervantes logra esto al darle a su novela un tratamiento
burlesco..."


Carlos Benítez Villodres  Málaga (España)
La primera parte de la inmortal novela Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril de 1616, aunque fue enterrado el 23 de abril, y se conoce esa fecha como la de su muerte), fue impresa en Madrid en casa de Juan de la Cuesta, publicándose en dicha ciudad el 15 de enero de 1605. Esta primera parte, que consta de 52 capítulos, apareció con el título El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Sin embargo, la segunda parte, que consta de 74 capítulos, se publicó en 1615 con el título El ingenioso cavallero don Quijote de la Mancha.
                Con el paso del tiempo, la importancia de esta novela, entre otros aspectos, radica en que fue la primera obra europea que desmitificó la tradición caballeresca y comedida de siglos anteriores. Cervantes logra esto al darle a su novela un tratamiento burlesco, ya que, con anterioridad, esta temática se basaba en un modelo o canon con unas reglas literarias sólidas, adherido a la figura de héroes fantásticos, que poco o nada tenían que ver con el mundo real. Obviamente, esta desmitificación la lleva a cabo Cervantes a través de sus personajes, ya que éstos son seres humanos reales con sus defectos, pasiones y vicisitudes, lo cual es imposible de asignar a cualquier personaje caballeresco. Por consiguiente, se puede afirmar que Don Quijote de la Mancha representa la primera obra literaria que abre camino a la novela moderna. Además, está considerada como la primera novela o composición literaria armónica, es decir, su autor ofrece al lector múltiples representaciones de la realidad, por lo que esta obra siempre ejerció y ejerce, a partir del siglo XVII, un influjo esencial y decisivo en la evolución progresiva de toda la narrativa ulterior preferentemente la occidental.

                Cuando se publicaron las dos partes de Don Quijote, Cervantes ya estaba casado con Catalina de Salazar y de Palacios. La boda se celebró el 15 de diciembre de 1584 en la localidad de Esquivias (Toledo), un pueblo de la comarca de La Sagra y rico en viñedos y olivares. Unión esta que fracasaría por los continuos viajes de Miguel, así como por el hastío del escritor respecto a su vida conyugal, aunque la pareja mantuvo la unión sacramental hasta el fallecimiento de Cervantes. Anteriormente a su matrimonio, Miguel tuvo por amante a Ana Franca de Rojas (Ana de Villafranca), de la familia judía de Fernando de Rojas, y esposa del tabernero Alonso Rodríguez. Con Ana tuvo Cervantes su única hija: Isabel de Saavedra, nacida un par de meses antes de su casamiento con Catalina. Tras el nacimiento de Isabel, Cervantes se desentiende de la madre y de la recién nacida, reconociendo a la niña cuando ya tenía 14 años y reclamándola a través de su hermana Magdalena. Así, pues, Cervantes puso a su hija a su servicio y le dio su segundo apellido, Saavedra, lo que Isabel nunca le perdonó a su padre. Ello explica el tenso vínculo, que siempre lo hubo, entre padre e hija. Quizá Cervantes actuó así por temor a que su esposa Catalina se enterase de la existencia de esa hija. En cuanto a otro supuesto hijo de Cervantes, de existencia muy incierta, habría nacido en Nápoles en 1575 y muy poco se sabe de él, salvo que se llamaba Promontorio y se menciona en el capítulo VIII de su Viaje del Parnaso junto con su madre, a la que Cervantes llamaba Silena. De este niño por datos sueltos de diferentes documentos parece ser que alcanzó la edad adulta y fue hombre de armas.
En los primeros días de junio de 1587, a los dos años y medio de casado, Cervantes deja Esquivias y Madrid y se marcha a Sevilla al conseguir un empleo de comisario real de abastos, bajo las órdenes del comisario general Antonio de Guevara. Este comisariado consistió en suministrar trigo y aceite y recaudar impuestos para los preparativos de la expedición naval contra Inglaterra, decretada por Felipe II.
                Recién llegado a Andalucía, estuvo por primera vez en Écija el 20 de septiembre de 1587 con la intención de requisar todo el cereal disponible, pero el trigo ya se encontraba en los graneros del deán del cabildo de la catedral de Sevilla. Cuando procedió a requisar el cereal el clero hispalense lo excomulgó por vez primera. En 1588 volvió a Écija para requisar aceite, consiguiendo sólo la mitad de este alimento, lo cual le ocasionó la segunda excomunión. Ese mismo año apodera a Fernando de Silva Ayala y Monroy, VI conde de Cifuentes, quien solicita en su representación la absolución de dichas excomuniones, lo cual consigue. Otras localidades andaluzas visitadas por Cervantes, en calidad de comisario real de abastos, fueron Marchena, Carmona, Castro del Río, Teba, etc. En 1594, tras la desaparición de dicho sistema de requisas, Cervantes dejó este cargo público, aunque continuó en tierras andaluzas hasta 1597.
                Durante los años que Miguel estuvo en Sevilla, vivió fascinado por esta ciudad, lo cual le permitió acumular un rico bagaje de experiencias, base de sus obras de ambiente sevillano, como la comedia El rufián dichoso o, entre las Novelas ejemplares, El celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo y El coloquio de los perros.
                Concluida su etapa como comisario, Cervantes es requerido para recaudar, en distintos municipios de Andalucía (Guadix, Baza, Motril, Vélez Málaga, Ronda, etc.), dos millones y medio de maravedíes que debían estas localidades a las arcas reales. Tras múltiples peripecias, Cervantes depositó lo recaudado en la banca del comerciante Simón Freire, de Sevilla, la cual quebró y Miguel no pudo entregar los maravedíes recaudados en la Tesorería del reino. Este desaguisado llevó al escritor manchego, en septiembre de 1597, a la Prisión Real por orden de la Audiencia de Sevilla, obteniendo, a finales de ese mismo año, la libertad bajo fianza. Con la salida de la cárcel acabaron los servicios de Miguel a la Hacienda de Felipe II, aunque, según algunos estudiosos de Miguel de Cervantes, éste no abandonó Andalucía hasta el verano de 1600, dos años después de la muerte del Rey Prudente (13 de septiembre) en San Lorenzo de El Escorial. Tras el fallecimiento del monarca, se erigió en Sevilla un monumento dedicado al rey fallecido.
                Durante las últimas correrías por determinadas poblaciones del último reino de Granada, Cervantes visitó Granada capital y, posiblemente también, la ciudad de Málaga. Pero fue Granada la urbe que más lo cautivó, que más lo impactó, dejando posteriormente esa atracción en al capítulo LXXII de la Segunda parte de El ingenioso cavallero don Quijote de la Mancha. Dicho capítulo lo tituló su autor De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea. En este capítulo Cervantes escribió que hallándose en la posada de su aldea, es decir, En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, (Esquivias), no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…, tras su tercera y última visita a Barcelona y con el deseo de retirarse un año del oficio de caballero andante después de la derrota sufrida ante el Caballero de la Blanca Luna, se toparon con Álvaro Tarfe y con varios de sus criados en la puerta del mesón cercano a la aldea de don Quijote. Éste al verlo le dice a Sancho que cree haber reconocido a dicho señor, pues afirma que es el mismo que aparece en la Segunda parte de su historia, es decir, en el Quijote apócrifo de Avellaneda. Tras estas palabras, Sancho le responde que después, cuando se apee del caballo, se lo preguntarán, pero el caballero recién llegado le cuestiona a don Quijote: “¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?”. Y don Quijote respondió: “A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced ¿dónde camina?”. Y el caballero le contestó: “Yo, señor, voy a Granada, que es mi patria”. “¡Y buena patria!”, replicó don Quijote. Seguidamente, éste le pregunta a dicho caballero si él es “…aquel don Álvaro Tarfe que anda impreso en la segunda parte de la Historia de don Quijote, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno”, y el señor respondió: “El mismo soy…, y el tal don Quijote, sujeto principal de tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le sacó de su tierra o, al menos, le moví a que viniese a unas justas que se hacían en Zaragoza, adonde yo iba…”.
Ciertamente, don Quijote conocía Granada desde hacía tiempo. Y el recuerdo de la Ciudad de la Alhambra quedó, como una gratísima impronta, en su memoria.
Este diálogo entre don Quijote y Álvaro Tarfe me anima a decir que quien verdaderamente me conoce, desde hace más o menos tiempo, sabe que mi vida entera amamanta y acrecienta cada día el profundo e inmenso amor que siento por Granada, soberana de la felicidad, de claridades únicas y apasionadas, desde que la besé por vez primera, cuando la vida de un número significativo de personas es toda deseo y el deseo todo vida. Es esa etapa en nuestro continuo caminar, en la cual aún llevamos el alma virgen, el corazón rebosante de amor, anhelos y esperanza, y la mente se halla, con más o menos tesón, con más o menos interés, en la fase primera de la escalada hacia las cimas de las siempre abruptas sierras del conocimiento. Por cierto, nunca jamás coronadas por el ser humano, porque nadie ha logrado alcanzar en vida la sabiduría absoluta.
Concluyo ya incrustando en el corazón de la humanidad estas palabras, flores de la Vega granadina y de Sierra Nevada: “El cuadro más maravilloso por Dios creado es Un atardecer en Granada” Un atardecer que hoy y siempre nos va a proporcionar la dicha más grandiosa para los que amamos a Granada: “Contemplar la Alhambra mientras se viste de luna”. Tengamos, pues, siempre presente aquellas palabras de Álvaro Tarfe y don Quijote: “Yo, señor, voy a Granada, que es mi patria”. “¡Y buena patria!”, replicó Don Quijote.



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