sábado, 25 de noviembre de 2017

LA CAIDA DE DOS DINASTIAS

"Pero estos tiempos no tienen nada de normales en el convulsionado ambiente politico norteamericano..."

Alfredo M. Cepero
Director de www.lanuevanacion.com
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Hace un par de semanas se cumplió un año de la victoria inesperada de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. En cualquier situación normal el triunfador ya habría sido aceptado por la militancia del partido contrario y el candidato derrotado habría reconocido su derrota con elegancia y resignación. Pero estos tiempos no tienen nada de normales en el convulsionado ambiente político norteamericano. El ganador es hostigado y despersonalizado por sus adversarios en la política y en la  gran prensa con el objeto de descarrilar su agenda. La perdedora sigue litigando los temas  como si aún estuviéramos en medio de la campaña política. Todo son excusas y mentiras para justificar una derrota que resultó una sorpresa y un terremoto electoral nunca antes visto en la vida política norteamericana.
         Hillary Clinton insiste en negarle validez a las elecciones y legitimidad a la presidencia de Donald Trump. Lo acusa de conspirar con Vladimir Putin para alterar los resultados del proceso electoral y de haber contado en su campaña con elementos que se enriquecieron haciendo negocios con los rusos. Sin aportar la más mínima prueba, se ha lamentado de haber sido discriminada por su condición de mujer y de la parcialidad de la prensa en las informaciones sobre la campaña.
         Pero cualquier daño que le esté causando o que pudiese haberle causado a Trump se queda pequeño con el daño que esta mujer le ha causado y le sigue causando a su propio partido. A base de dinero, manipulaciones e intimidación  Hillary le pasó la aplanadora a Bernie Sanders y se robó las primarias del Partido Demócrata. El escándalo resultó obvio durante la convención del partido pero ha ganado intensidad y credibilidad después del revelador libro de Donna Brazile, un verdadero ídolo en los círculos demócratas. Las trampas de Hillary y sus apandillados han quedado al descubierto en un momento en que ambos Clinton son vulnerables.   
           Por otra parte, esta pareja de delincuentes confronta por estos días un intenso escrutinio relacionado con su grotesco enriquecimiento ilícito mientras ella desempeñaba la cartera de Secretaria de Estado. Y en el centro de todo ello, su participación en las actividades delincuenciales que permitieron la adquisición del 20 por ciento del uranio norteamericano por la agencia nuclear soviética.
           Cualquier persona en sus cabales, se retiraría a la vida privada a disfrutar su fortuna y pasar desapercibida. Pero eso no se aplica a los Clinton. Ambos padecen de una obsesiva adicción al poder político, se han acostumbrado a operar al margen de las leyes y se consideran con un derecho absoluto a la impunidad ante las mismas.
           Son una dinastía que se negó a entregar el poder y ha hecho el ridículo de que le haya sido arrebatado de las manos por gente que se cansó de su arrogancia, de su avaricia y de su descaro. El hecho incontrovertible es que, con su empecinamiento, han dejado sin oxígeno al partido para facilitar el desarrollo de nuevos líderes. Y, peor aún, creado las condiciones para que extremistas como Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Tom Perez y Keith Ellison se hagan con el poder. El partido moderado de John Kennedy, Henry Jackson y Sam Nunn desapareció para dar paso a un partido de izquierda radical que quiere hacer del ciudadano un ser manipulable a sus intereses políticos y un parásito de un estado todopoderoso.
          Para no quedarse atrás, el Partido Republicano ha contado con la dinastía de la familia Bush. Gracias a su popularidad como vicepresidente de Ronald Reagan, George H.W. Bush (41) ganó las elecciones presidenciales de 1988 frente al Gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis. Pero Bush estaba lejos de la filosofía conservadora y los principios nacionalistas de Ronald Reagan. Como los Rockefeller antes que él, George H.W. estuvo siempre ubicado a la izquierda del partido y promovió una política internacionalista reñida muchas veces con los intereses nacionales de los Estados Unidos. Dejó a medias la invasión de Irak y le perdonó la vida a Saddam Hussein para cumplir con los requerimientos de las Naciones Unidas.
           En las elecciones del año 2,000 fue electo presidente su hijo George W. Bush (43) sobre quién cayó la responsabilidad de enfrentar el reto del terrorismo islámico contra las Torres Gemelas del Centro Mundial de Comercio en Nueva York. Durante sus ocho años de gobierno cumplió con su responsabilidad de mantener la seguridad de los Estados Unidos. Pero en sus últimos cuatro años promovió programas de beneficio social que dispararon la deuda nacional de los Estados Unidos. Todo esto, unido a la impopularidad de sus guerras en Irak y Afganistán, redujeron a menos del 30 por ciento sus niveles de aprobación.
           Ahora bien, independientemente de los aciertos y errores como gobernantes del padre y del hijo, los Bush han sido tradicionalmente una familia honorable. Gobernaron con honradez y se comportaron como caballeros en sus vidas privadas. Nunca incurrieron en la retórica destructiva que empaña la política de nuestros días. Pero esa moderación y esa política de altura llegó a su fin durante las elecciones presidenciales de 2016, cuando Donald Trump le arrebató la postulación a Jeb Bush, el tercer Bush en una generación que quería domiciliarse en la Casa Blanca.
           Al igual que Hillary en el Partido Demócrata, se esperaba que Jeb Bush navegara sin obstáculos y fuera "coronado" como candidato presidencial del Partido Republicano. Pero se apareció el reto inesperado de un hombre sin experiencia política pero con la habilidad de interpretar las inquietudes, frustraciones y aspiraciones de una proporción considerable del electorado norteamericano. Gente que había sido ignorada por la cúpula de ambos partidos y buscada un redentor sin compromisos con las maquinarias tradicionales y sin miedo a llamar las cosas por su nombre. Donald Trump demostró ser ese hombre.
            Fueron unas primarias republicanas sin precedentes en la historia del último medio siglo. Uno a uno, Trump fue eliminando a sus 16 adversarios sin compasión ni tregua. Además de su carisma personal utilizó armas fuera de lo convencional. Les puso apodos y ridiculizó a muchos de sus adversarios. En algunos casos llegó al insulto personal y hasta la insidia, como fue en el caso del padre de Ted Cruz. Confieso que Trump me resultó repulsivo en muchos momentos de los debates televisados y vote en su contra durante las primarias republicanas. Los Bush nunca le perdonaron que le endilgara a Jeb el calificativo de "low energy", (algo así como el débil).
             Pero llegó la hora de las definiciones cuando Donald Trump, a pesar de la oposición activa de las élites republicanas, fue postulado por el partido. Ya no era una opción entre varios republicanos con quienes compartía principios sino entre un candidato republicano y una candidata demócrata totalmente corrupta y mentirosa congénita. Entre la izquierda y la derecha, entre el aborto y la vida, entre la seguridad nacional y las fronteras abiertas, entre el derecho a portar armas y poner mi seguridad personal en manos del estado, entre el individuo como dueño de su destino y el ciudadano subordinado a los designios del estado.
           No sólo voté por Donald Trump sino me lancé a buscarle votos entre mis amigos, muchos de los cuales también lo rechazaban. Mi repulsión personal tenía que ser supeditada a los intereses nacionales de los Estados Unidos, el país donde han nacido, viven y probablemente vivirán los 18 seres que han nacido como frutos del matrimonio de 52 años entre mi esposa y yo.
           Por eso me resultan tan abominables las declaraciones de los dos Bush que han sido honrados con los votos de republicanos que los llevaron a la Casa Blanca. Bush 41 le admitió a la BBC que había votado por Hillary Clinton porque Donald Trump le resultaba repulsivo. Y, por su parte, Bush 43 afirmó que temía "ser el último presidente republicano". Todo ello, porque Donald Trump se atravesó en el camino de que un tercer Bush fuera presidente de los Estados Unidos.
           De hecho, Donald Trump es tan republicano como los Bush pero en un Partido Republicano que ha cambiado de manera radical, tal como ocurrió cuando Ronald Reagan fue presidente. Los Bush, que nunca profirieron una crítica contra el "zurdo fanático" de Barack Obama, atacan ahora a Trump por razones netamente de venganza personal. Su apasionamiento les impide entender que ni los Estados Unidos son una monarquía ni ellos son una dinastía.
          Termino citando mi artículo de 23 de noviembre de 2015, donde les dije: "Si tuviera la oportunidad de hablarle a los Bush les diría que, aunque les cueste reconocerlo, por su propio bien y por el bien de la nación que han servido y amado, deben de aceptar la realidad de que los nuevos tiempos y las nuevas circunstancias los han convertido en una dinastía obsoleta".



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