sábado, 20 de octubre de 2018

LA PRECARIA Y VIEJA INFLUENCIA CASTRISTA


"Durante sus dos mandatos como presidente, Raúl desplegó una política xterior mucho mas pragmática..."

Por, Anna Ayuso, investigadora sénior, CIDOB
El cambio en la jefatura del Estado en Cuba, de Raúl Castro en favor de Miguel Díaz–Canel, ha despertado toda suerte de conjeturas sobre la posibilidad de reformas y sobre los retos que enfrentará el nuevo mandatario. Hay un cierto consenso en que no habrá cambios dramáticos a corto plazo, pero el inmovilismo tampoco es una solución viable. Esas mismas incógnitas se plantean también en el exterior, en un contexto regional y global poco favorable que exigirá flexibilidad diplomática al nuevo líder cubano.
Durante sus dos mandatos como presidente, Raúl desplegó una política exterior mucho más pragmática que la de su hermano Fidel Castro, quien hizo de la exportación de la revolución el principal motor de la acción exterior. Tras la quiebra de la época dorada de la expansión del socialismo del siglo XXI, alimentada con los generosos recursos que proporcionó el venezolano Hugo Chávez y que permitió a la alianza bolivariana ejercer una influencia notoria en la región, Raúl se tuvo que acomodar a un nuevo escenario de crisis. Optó por ampliar el abanico de socios mientras veía disminuir de forma dramática el maná petrolero que permitió financiar las primeras tímidas reformas estructurales para la actualización del modelo socialista.
La estrategia de diversificación dio sus frutos. El más espectacular fue, sin duda, el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos al final del mandato de Obama, pero no fue el único. También logró que la UE aceptara retirar la posición común adoptada en 1996 –que condicionaba cualquier acuerdo a la democratización de la isla–, y que Bruselas firmara el Acuerdo de Cooperación y Diálogo Político (ACDP) en 2016. Además, consiguió renegociar la Deuda con el Club de París. Su inserción en la región también mejoró significativamente gracias a la participación activa en la CELAC, en la que ejerció la presidencia rotatoria en sus inicios, el apoyo a los acuerdos de Paz del Gobierno de Colombia con las FARC (y ahora parece que también va hacer lo propio con el ELN) y la participación, por primera vez, en la VII Cumbre de las Américas de 2015. Todo ello al tiempo que fortalecía las relaciones con China, que llegó a ser su principal socio comercial en 2016, y revitalizaba las relaciones con Rusia, que le condonó la deuda histórica. Incluso se permitió incrementar las relaciones con Japón sin abandonar su relación de amistad con Corea del Norte.
Sin embargo, el contexto que permitió esa cuadratura del círculo está cambiando y puede poner en aprietos a Díaz-Canel si quiere seguir manteniendo esos equilibrios. El factor de cambio más evidente es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ha desvanecido el sueño de un nuevo socio estratégico que permitiera el paulatino acceso al mercado de importaciones y exportaciones norteamericanas y la atracción de inversiones a la isla. La llegada de Trump ya se ha traducido en un freno a las inversiones internacionales y un enfriamiento del vital sector turístico. A esto se añaden los cambios políticos en la región, que han debilitado el eje bolivariano y han abierto una brecha entre antiguos aliados a cuenta de la crisis venezolana. Esa fractura ya se ha hecho patente en las instituciones regionales, con las condenas a Venezuela en la VIII Cumbre de las Américas celebrada en Lima el pasado 13 y 14 de abril y con el abandono de seis países miembros de Unasur, el que fuera bastión para la defensa del gobierno de Nicolás Maduro en su deriva autoritaria.
Esas discrepancias también han tenido efecto en las relaciones interregionales con la UE. Ejemplo de ello es la Cumbre UE-CELAC que debía haberse celebrado en octubre de 2017 y se suspendió en gran parte ante las discrepancias por la situación venezolana y sus consecuencias en otros países de la región. Estados Unidos, junto con la UE y Canadá, han introducido sanciones dirigidas a aquellos líderes venezolanos que consideran responsables de la represión política de la oposición, y se han negado a reconocer –por “inconstitucional”– la validez de la Asamblea constituyente creada por Maduro en 2016 para suplantar las funciones de la Asamblea Nacional. Canadá se unió al Grupo de Lima que rechaza la legitimidad de las elecciones presidenciales celebradas el 20 de mayo de 2018. 
Mientras las voces críticas se alzan, las voces amigas se desvanecen. El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, se ha enfrentado a protestas masivas que han sido contestadas desde el Gobierno con represión y han dejado un saldo de al menos 45 fallecidos. En Ecuador, la pugna del actual presidente, Lenin Moreno, con su antecesor, Rafael Correa, también ha alejado al país de la órbita bolivariana. En este contexto hay que preguntarse cómo afectaría la regionalización de la crisis venezolana a Cuba, que es su principal aliado y valedor.
Más allá del escenario regional, surge la cuestión de cuál será la reacción de los demás socios internacionales. Mientras el Presidente chino, Xi Jinping, y el presidente ruso, Vladimir Putin, se han apresurado a felicitar al nuevo presidente cubano, desde otros países, incluido Estados Unidos y la propia UE, la reacción, sin ser negativa, ha sido más tibia. Incluso Canadá, tradicional valedor del compromiso constructivo, ha expresado un moderado optimismo, oscurecido por el extraño episodio sobre los presuntos ataques acústicos que han motivado la salida de los familiares de la misión diplomática canadiense en la Habana y de la gran mayoría de diplomáticos estadounidenses.
¿Cómo puede afectar la crisis venezolana a la nueva etapa de las relaciones entre la UE y Cuba inaugurada con el ACDP? Si atendemos a las declaraciones que han hecho Federica Mogherini y otros representantes del Servicio Europeo de Acción Exterior, la hoja de ruta no va a verse alterada y se mantendrá la vía de la cooperación en áreas estratégicas para el desarrollo de la isla. Sin embargo, es cierto que algunas voces apuntan a una incongruencia entre las sanciones a Venezuela y el pragmatismo en el trato que se da a Cuba. Después de la inoperancia de la posición común, que duró 20 años, no parece tener sentido volver a una estrategia fallida, especialmente si avanza el diálogo en materia de derechos humanos y se pueden mantener los canales de relación con sectores disidentes. Pero sobre todo será necesario que el nuevo presidente logre afianzarse en su propio país como un líder capaz de tomar las necesarias y valientes decisiones que serán esenciales para la viabilidad de Cuba, en lugar de escudarse en viejas fórmulas frentistas obsoletas.



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