sábado, 29 de junio de 2019

1959; EXTINSION DE LA REPUBLICA


"No obstante, no hay causa que justifique la su,mision e histeria colectiva de una parte de la sociedad ante el mandato del nuevo régimen..."                                                                           

METRONEWS/M3.
Cuando se medita sobre la historia reciente de Cuba es obligatorio pensar sobre la extrema facilidad con la que el liderazgo castrista pudo infiltrar la conciencia individual y colectiva de un sector importante de la nación cubana.
Que motivó que un sector significativo de la sociedad cubana se identificara plenamente con la personalidad de Fidel Castro, quien a su vez pretendía encarnar las más puras ambiciones de la nación, aun mas, cuáles fueron las motivaciones para que muchos de los líderes políticos, sociales y empresariales, además de numerosos intelectuales, perdieran su identidad ante el caudillo y se sumaran ciegamente a sus propuestas, máxime, cuando no pocos de ellos le conocían y sabían de su historial de pandillero y su inclinación a imponer su voluntad por medio de la fuerza. 
Tal vez el que Castro se convirtiera en una especie de predestinado  fue debido a que en aquellos momentos históricos el ciudadano promedio estaba desalentado. Frustrado en sus proyectos como persona y nación, consecuencia de los malos manejos gubernamentales que hacían que el individuo estuviese maduro para un redentor que hiciera purgar los errores y horrores de los que con vileza habían mancillado la República.

No obstante, no hay causa que justifique la sumisión e histeria colectiva de una parte de la sociedad ante el mandato del nuevo régimen. Cierto que las masas enfurecidas que cumplían ciegamente las consignas oficiales y que sádicamente acosaban y discriminaban de diferentes maneras a quienes osaban discrepar,  eran las victimas más sufridas de las arbitrariedades de la República, sin embargo, durante esa República vituperada por el castrismo nunca fueron objeto de los abusos que cometían en nombre de la Revolución y en agradecimiento a las promesas de "Pan con Libertad", cuando ya se apreciaba que el pan estaba en falta y la libertad profundamente sepultada.
Empero el rasero con el que se analizaría históricamente la conducta de las clases populares durante el azaroso 1959,  no es válido para medir la gestión de aquellos que callaron o participaron  en los asuntos nacionales, de los que se prestaron y facilitaron a la mistificación de un individuo y su entorno, participando en los crímenes y abusos que desmontaron el quebrantado estado de derecho para imponer un régimen totalitario.
Figuras importantes de carácter nacional de aquellos años, fuera por miopía política u oportunismo, permitieron que Fidel Castro decidiera unilateralmente sobre asuntos que concernían a la nación. Se apreció que la clase dirigente y la población beatificaban un individuo que inexplicablemente era situado  por encima del bien y del mal.
Aquello tuvo mucho de contemplación religiosa, de convencimiento de que el sufrimiento ajeno purificaría a todos los que se sumaran a la Propuesta. El caudillo era trasformado por la devoción ciega de sus seguidores en un redentor, asumía como una especie de trinidad en su  persona, los conceptos de Patria, Nación y la nueva entelequia llamada Revolución.
Todos le concedieron tiempo suficiente al Redentor para que afirmara y acrecentara el mito, mientras los seguidores más fieles de la secta construían el mecanismo necesario sobre el cual funcionaría el régimen al menos por los siguientes sesenta años.
Por iniquidad, oportunismo o conversión sincera, fueron muchos los políticos, empresarios, intelectuales, profesionales, personalidades del arte y dirigentes de todo tipo que, junto a una mayoría ciudadana, cedieron sus espacios en la sociedad nacional prescindiendo de sus capacidades críticas y acatando sin objeciones al redentor que nunca despreció la oportunidad de acrecentar su poder y usarlo con la crudeza que entendiera conveniente.
Es evidente que el proyecto se instrumentó sobre una liturgia que acariciaba la imaginación y hacía creer a todos que eran protagonistas en base a lo cual disponían de la facultad de decidir sobre el futuro, además es apropiado reconocer que el tiempo fue oportuno para el imaginario de un sector de la sociedad, Navida año nuevo y los Reyes Magos, representados en unos justicieros y harapientos monjes que habían bajado de la Sierra en los días navideños.
Extraordinaria escenografía. El espectáculo fue casi religiosos con la particularidad de que un pueblo que no era particularmente devoto se prestó ciegamente para la crucifixión a la que fue sometido, a la vez que se dispuso a excomulgar y lapidar a quienes se atrevieran a dudar de la nueva era.
Se inauguró un tiempo nuevo con todo lo que esto implica de sectarismo e intolerancia. Las familias se dividieron, mientras, los extremistas, hacían cosecha con la persecución indiscriminada de los no conversos. Anatemas, ofrendas y nuevos mandamientos aparecieron con los inaugurados dioses y pontífices que también eran intocables y omnipotentes.
La Nueva Era se distinguía del pasado porque la Nación cobraba aire de templo. Los flamantes líderes, al igual que sus dioses, eran infalibles, se conformó una especie de Olimpo integrado por los jerarcas de la revolución y se construyó un Panteón con los caídos durante la lucha por el Poder en el cual  reinaba Camilo Cienfuegos, otro verdugo con aires de santidad.
El simbolismo que alienó a la nación estaría vinculado a los oportunos Doce, que supuestamente sobrevivieron con el líder la quimérica epopeya de la Sierra Maestra. El falso mesías jugaba con palomas mientras se fusilaba y encarcelaba sin compasión alguna.
Los fieles más estúpidos, fueron muchos, clamaban que Castro era la imagen materializada de Jesús y la revista Bohemia, la más prestigiosa del país, se prestó al mito de que la gesta se había cumplido con la vida de 20,000 cubanos asesinados por la dictadura depuesta, a la vez que en la portada de una de sus ediciones, se permitía sugerir la aproximación entre la figura de Fidel Castro y la de Jesucristo.
El montaje de aquella epifanía herética, superaba con creces el famoso e incomprensible poder mágico del agua de Clavelito y la Estigmatizada, dos personajes que atraían la opinión pública de la época. Las atracciones populares fueron sustituidas, las costumbres cambiadas y hasta los patrones de modas y conductas resultaron seriamente alterados, pero lo más execrable fue  la campaña denigratoria de los paradigmas nacionales, el cuestionamiento ético a la mayoría de los patricios  y hasta el intento de cambiar algunos de los símbolos patrios, como la bandera nacional, acusando a sus creadores de haber sido anexionistas.
Los salvadores recién llegados idearon una estrategia   para recrear el pasado, ensamblar un presente que reclamaba un liderazgo de absoluto poderío y  así construir un futuro que los eternizara con el bastón de mando. La magia fue tan grande que la sensación de protagonismo popular se acrecentaba cada día, se formó  el encantamiento suficiente para una seducción masiva que hacía creer a cada hechizado que él era el único protagonista en cada acontecimiento nacional.
Surgieron santuarios, ritos y cosas sagradas y como contraparte una herejía, en su mayoría miembros de las huestes de los supuestos salvadores, que desde los albores del triunfo insurreccional denunció el rumbo comunista del nuevo proyecto. Fueron mujeres y hombres que a pesar de la frustración asumieron el compromiso de rectificar un proceso en el cual habían creído profundamente. Ellos, con estoicismo heroico, poblaron las prisiones,  o estrenaron,  una novedosa forma de crucifixión que fueron los paredones de fusilamiento.
Sin embargo, tal parece que un sector del país necesitaba un sueño, una quimera, y se sumaron,  ciega y obedientemente a la nueva era, a pesar de que eran de conocimiento público las ejecuciones, las violaciones a los derechos ciudadanos, las confiscaciones y el sectarismo.

        La mayoría de la ciudadanía compró el sueño sin atisbo de crítica. Lo interesante es que las promesas no eran novedosas. Viejos y repudiados políticos habían utilizado los mismos dichos sin poder conmover un sector importante de la nación. Nación que se caracterizaba por su escepticismo y desconfianza, la burla y choteo hacia todos los que se presentaban como salvadores. Un pueblo particularmente individualista, hipercrítico, con  una enfermiza inclinación a ridiculizar a los héroes más venerados sin que esto implicase el irrespeto a su gesta.
El cubano por lo regular rendía culto a la obra y no a su hacedor. Tenía sus caciques, sus líderes, pero estaba consciente de la falibilidad humana y aunque la justificase no intentaba ocultarla. Pero en esta ocasión todo parece indicar que se conjugaron el sincretismo religioso y factores ancestrales de nuestra cultura, con un conjunto de fenómenos propios del  mundo moderno bien nutrido de quimeras ideológicas conjugadas con realidades políticas de la mitad de siglo XX. Sin embargo, en honor a la verdad, esto es una suma de especulaciones porque las razones para las nuevas ocurrencias, sin precedentes en el panorama nacional, permanecen sin explicación.
Muchos se convencieron que estaban haciendo historia. El caudillo manipuló hábilmente las ambiciones personales de sus seguidores. Los más avispados se convirtieron en presidentes de la cuadra en la que residían con poder para intimidar a los individuos más notables del área, también sujetos anodinos, semi analfabetos, se estrenaron como administrador de empresas o funcionarios de organismos gubernamentales, a fin de cuentas era lo mismo,  todos tenían la capacidad para tomar decisiones substanciales sin que importara el resultado de sus gestiones, la clave para el éxito o fracaso radicaba en la militancia, una vez más lo importante era ser fiel al Comandante en Jefe, los derechos de los abusados no les importaban a nadie y la ruina económica a la que se dirigía el país menos todavía.
La trinidad castrista creo numerosos organismos de masas al servicio del régimen que al igual que otras tantas empresas y establecimientos confiscados requerían de "cuadros",  funcionarios incondicionales que asumieran puestos de dirección, cuyo único mérito requerido era instrumentar ciegamente las disposiciones del nuevo orden.
Según transcurrió el tiempo los fracasos se acumularon. Las consecuencias de la suma de los errores ha sido la factura de miseria espiritual y material que han pagado por décadas los cubanos de a pie.
Es difícil entender qué por la sola voluntad de un individuo y sus fieles seguidores,   analfabetas y letrados,  participaran en crímenes morales y físicos para construir una Utopía que se apreciaba estaba repleta de fisuras que auguraban su destrucción. Es incomprensible que tantas personas aptas para percatarse de la decadencia del país, aceptaran seguir trabajando a favor de su propia destrucción.
Sorprende la habilidad con la que Fidel Castro supo interpretar los defectos de carácter y formación del pueblo cubano. Castro era un individuo de historia turbulenta, de claros antecedentes pandilleros, sin vida laboral que lo acreditase, sin valores familiares que le distinguieran y de un constante y conocido oportunismo político, pero aun así  pudo seducir a un amplio sector de la elite moral de la sociedad cubana, además del pueblo llano.
El mito fue tan gigantesco que generó una nueva realidad. Paulatinamente la doble moral hizo presa de la ciudadanía. Se convirtió en hábito expresar ideas y sentimientos  contrarios al pensamiento real.  La delación se transformó en virtud ciudadana  y los calificativos denigratorios para quien no pensara acorde al Proyecto eran obligatorios si se quería mantener la imagen del buen revolucionario.
El caudillo se ganó a la gente, sintetizó sueños y promesas. Con lenguaje popular, costumbre de vecino humilde, promesas infinitas y un tuteo personal que le hacía fieles seguidores, fue tendiendo una red donde los incautos cayeron voluntariamente y los rebeldes fueron atrapados sin piedad.
Lo que ocurrió en Cuba durante el primer año de la nueva era fue una ascensión plena de misticismo. Repleta de entusiasmo y espontaneidad. Un sector del país no sólo le entregó al máximo líder el poder político, sino que lo estimuló a que personificase la nación y su destino. Aceptaron su voluntad como un mandato final, confiando que el hombre nuevo prometido los redimiría a todos de las vilezas que estaban cometiendo.
Llegó el momento en el que el Bien y el Mal dejaron de estar representados por conceptos abstractos reconocidos por todos, para encasillarse en la variabilidad de juicios del cofrade mayor.
El pecado ahora tendría un rápido castigo y la sumisión un pronto premio. Las sentencias se impartirían en la inmediata tierra, por lo que era posible ver quienes tendrían como destino el Infierno o el Paraíso, y en qué consistían éstos.
La devoción atroz con la que se aceptó aquel alumbramiento tenebroso dio origen a un fundamentalismo donde lo más importante no era la doctrina acogida sino el individuo que la representaba. Lo importante no era la Religión que como corriente tenía un curso previsible, sino el Dios que apresó a la nación, escindiéndola en fervorosos y atormentados.
La República cayó cuando sus ciudadanos la entregaron.




No hay comentarios:

Publicar un comentario